domingo, 16 de octubre de 2016

Un pedazo de vida (parte I): El Flaco




Los primeros días

Nací en Wilde. Era invierno. Julio de 1987. Nací con un nombre. Mamá y papá decidieron que me iba a llamar Laura. Desde la cuna siempre fui "Laurita", en ese momento ni me importaba. A decir verdad, en ese momento no me planteaba si me gustaba o no mi nombre. 

La escuela primaria

La etapa del jardín de infantes había terminado y con ella también había finalizado la seguidilla de años en los que mi nombre era simplemente algo que las personas utilizaban para llamarme y no decirme "eu", por ejemplo. Mientras tanto en casa era "Lali", "Larito", "Lau", "Lari", "Gorda". Me había acostumbrado tanto a eso que seguía sin pensar en mi nombre. 

Los primeros días del tercer grado me encontraron con una maestra que era malísima recordando nombres. Nos propuso buscar qué significaba nuestro nombre (ahora es fácil. En ese tiempo sin Google la cosa era más jodida), escribirlo en un cartelito y llevarlo todos los días. La idea era dejar el cartelito en la mesa. La posta era que ella no recordaba nuestros nombres y nos tiró una tarea para facilitarle el trabajo. 

El significado

Solía pasar por casa un vendedor de libros. En una de las visitas trajo una serie de diez tomos que se llamaba "Mi primer diccionario". Tenía muchos dibujitos y palabras cuyo significado se sintetizaba en no más de dos líneas. Al final de cada tomo había un apartado con nombres y significados.

Laura: de origen Latín. Laurel. "La victoriosa".

Me reí. Me llamaba a mí misma "la victoriosa", casi a modo de chiste y casi sintiéndome una heroína. Sabía el origen. No pensaba en lo mucho que me marcaría. No me gustaba ni me desagradaba. 

La pre-adolescencia

Abundaba la música que no me gustaba ni un poco. Yo venía de The Beatles, Los Redondos, había empezado a escuchar punk y hardcore. Tenía todo un mambo musical prejuicioso alrededor. 

Comenzaba a sonar "Laura no está". Mis compañeros y compañeras de la escuela me cantaban el tema. Me aburrían. Siempre el mismo chiste. Que "Laura no está, Laura se fue", que "Laura se escapa de mi vida" y bla, bla, bla. Maldije mi nombre, maldije a Nek y a eso que, se suponía, era música de moda. 

La adolescencia 

Comenzaba la época de los cumpleaños de 15. Apenas pasábamos 2001, con toda la bronca, la tristeza y la impotencia que significó ese año. Yo, una piba de 14 años, estaba a punto de festejar mis 15. Musicalmente mi nombre volvía a aparecer en escena, esta vez de la mano de lo que para entonces eran los primeros pasos de la movida de la cumbia villera: Se te ve la tanga, de Damas Gratis. 

Y ahí estaba yo, una piba tímida de unos 15 recién cumplidos, rodeada de pibes y pibas que me cantaban a los gritos y esperaban que yo meneara. Pero yo, que era LA piba tímida, me sonrojaba. La cumbia siempre fue un género que me gustó. A la cumbia villera le encontré un atractivo por el lado del contenido, completamente distinto. Pero, ¿era necesario hacerme rondita para que baile el tema? Una vez más, mi nombre me estaba jugando una mala pasada. 

Los 16

Conocí la música del Flaco, de Luis Alberto Spinetta. Quedé maravillada. De una forma que no recuerdo llegó a mis manos el disco del hombre de la lágrima: Almendra. Lo escuché. Me pareció fantástico. Ocurrió algo mágico. Allí, entre los "temas que le cantan los hombres a esa lágrima del hombre de la tapa, atados a sus destinos", estaba Laura va. Me resultó bellísima la melodía y melancólica su poesía, casi tanto como la voz del Flaco. Mi nombre había salido victorioso en esta oportunidad. Una composición hermosa llevaba el nombre que un invierno de 1987 me había dado identidad. 

Los 19

Llevaba un tiempo con con quien se había convertido en mi primer compañero de vida. Nos empezamos a hablar gracias a los Beatles. Con el pasar del tiempo nos dimos cuenta de que teníamos más músicos en común, entre ellos, Spinetta.

Un verano caluroso decidimos ir a verlo. Tocaba en un festival en Costanera Sur. Laura va no sonó en esa oportunidad. Sí lo hizo Seguir viviendo sin tu amor. Fue mágico. Ahí estaba yo, con mi compañero, con mil sensaciones en el cuerpo, con una sonrisa en la cara, con la alegría de estar escuchando a ese hombre que había hecho de mi nombre algo especial. 

Ahí estaba yo, llamándome Laura y escuchando a ese que alguna vez escribió el tema que le cantan los hombres a la lágrima, "atados a sus destinos". Ahí estuvo la victoriosa, la que conectó ese primer llanto del nacimiento, la búsqueda de su nombre en el diccionario, los temas que la sonrojaban. Ahí estuvo Laura, la piba que definió su nombre como "el mismo que usaron los hombres atados a sus destinos para componer un tema". 

No me importa

Si hoy me dicen "Laura no está", me causa gracia. Si me cantan "se te ve la tanga" agito los brazos para arriba. Pero si me preguntan como me llamo, respondo que me llamo Laura "como la del tema de Spinetta". Y quizá yo también estuve atada a mi destino. Al de llamarme Laura. Al de descubrir el primer amor y compartir con él la primera vez que vi al Flaco en vivo.  Quizá esa haya sido la victoria de la que hablaba ese diccionario. O quizá simplemente le esté buscando un sentido al destino, a las historias. 

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